RADIO VALDÉS

Hecha en Patagonia, para el mundo.

Una nota para el Hen Wlad

Soy Eluned Davies. Viajé desde Gales hasta Chubut, con breve escala en Buenos Aires. En el avión llené de anotaciones mi cuaderno de periodista. Poco antes de aterrizar, vi por la ventanilla esa península con forma de martillo que dibujan los mapas. Estoy ansiosa. Es la primera vez que en la redacción del Hen Wlad me piden un trabajo como éste.

Un viejo poblador me espera. Él me ayudará a reconstruir una parte de la historia. Vinimos a orillas de este río, donde hace más de cien años John y Waje se encontraron.

Era una mañana de otoño. Probablemente el vuelo de algún pájaro quebraba el aire como ahora, y en el valle el único sonido era el remolinear del agua entre los sauces.

Vaya uno a saber si fue casualidad que a los dos chicos se les ocurriera echarse a andar hasta el Chubut el mismo día y a la misma hora -pensó en voz alta el lugareño- o todo sucedió para que alguien lo cuente.

La casa de John estaba cerca. Desde las montañas había llegado Waje. Hacia el oeste caminaba el galés; en sentido contrario avanzaba lentamente el tehuelche. Por la misma ribera iban recogiendo las pocas piedras de colores que había traído la última creciente. Para ellos no existía en el mundo nada más que ese presente pleno de pequeños hallazgos.

Estaban tan cerca cuando levantaron la vista, que cada uno no pudo sino asombrarse ante la mirada del otro. En los ojos castaños de Waje, John vio la tierra plagada de misterios. Bajo las rubias pestañas de John, Waje descubrió un mar que agitaba certezas. Casi sin darse cuenta, extendió su mano con tres piedras redondas y amarillas como soles. John las aceptó, y le ofreció un puñado rojizo.

Dicen que un gesto vale más que mil palabras. Vea si ni cómo se empezaron a entender el galés y el tehuelche. Eso sí, hubo una palabra que después de un tiempo pronunció Waje en galés y que nunca olvidó: bara, el pan que le convidaba John, recién horneado por su madre.

John aprendió de Waje a tallar puntas de flechas en los picaderos, y supo de la profundidad de los silencios. Como el tehuelche, mareó al viento con las boleadoras, y lo ayudó a pintar figuras en el revés de los quillangos con los que se abrigaba.

Tarde a tarde, John compartía con Waje las hogazas que se desgranaban, humeantes, sobre la humilde madera de su mesa. No era raro que ambos salieran corriendo hasta el galpón. Al galés le gustaba enseñarle las herramientas y los carritos que construía. Juntos cazaban avestruces y guanacos. Juntos montaban algún caballo manso. Juntos descubrieron la amistad, ese cauce tibio y generoso.

Hasta que pasó lo que tenía que pasar. Ya sabe usted que los tehuelches no se quedaban siempre en el mismo lugar, así que un día la tribu de Waje levantó sus toldos, reunió sus animales, y se preparó a marchar.

Waje le mostró a John las piedras que le había regalado la primera vez. Cerró su puño, y lo acercó al lado izquierdo del pecho cobrizo. John sacó del bolsillo las tres piedras amarillas. Sin vacilar, repitió el gesto tehuelche. Pronto la caravana era apenas un punto entre el polvo del camino.

Cambiaron las estaciones. Los vientos se fueron llevando tristezas y alegrías. Con los años, Waje y John se convirtieron en jóvenes fuertes y bondadosos. Un amanecer, el galés emprendió viaje por el desierto. Iba a comprar caballos, yeguas y aperos para poblar una colonia en la cordillera. Sentía la alegre inquietud que el hombre siente cuando está haciendo cosas importantes.

Tempranito había rumbeado John para el lado de Carmen de Patagones, pero al llegar a Valcheta la sorpresa le hizo olvidar el cansancio de las muchas leguas que llevaba recorridas. Quizá por un rato hasta creyó que era un mal espejismo. 

Dentro de un cerco de alambre, cientos de aborígenes deambulaban, pálidos y flacos como fantasmas. Más allá vio toldos. Más acá, los guardias. Montado en su caballo quieto, John parecía una estatua pronta a derrumbarse.

Con desesperación, los aborígenes trataban de acercarse. Sabían que era un galés. Y cómo iba a andar un galenso tan lejos de su casa sin un pedazo de pan entre los bártulos. Imagínelos, pura piel y huesos, pidiendo en su lengua algo para comer.

John desmontó y abrió su bolso. En ese momento uno de los prisioneros corrió desde el centro del campamento directamente hacia él, gritando ¡bara! ¡bara! Cuando reconoció a Waje, el corazón la golpeteó en las sienes. Se miraron las miradas. Eran el mar y la tierra, unidos más allá de la raza y el tiempo.

Apenas pudo reaccionar, John llamó a un guardia que rondaba intranquilo. Con la intención de sacar de ahí a Waje conversó con él, y hasta llegó a ofrecerle un billete que llevaba guardado para comprarse un poncho. Pero aunque se quedó con lo ajeno, el guardia no quiso saber nada con dejarlo salir. John se arrimó a su amigo. Le dio el pan y otros alimentos que tenía, y apretando sus manos cuarteadas a través del alambre, se despidió prometiéndole que volvería a buscarlo.

El paisaje se transformó en una alfombra de cenizas. Por una huella sin sol, John cabalgaba enajenado, jurándose que encontraría la forma de devolver la libertad a Waje.

Pronto regresó. Había juntado unos cuantos billetes para pagar lo que fuera por el rescate. Se bajó del caballo y fue apurado a hablar con un guardia. Cruzando los brazos, con una mueca de impaciencia, el soldado le dijo que Waje ya no estaba. Enseguida el galenso se dio cuenta de que la pena y el hambre le habían ganado a la esperanza.

Durante unos instantes, el mundo a su alrededor giró en la niebla. John caminó a tientas a lo largo del alambrado sin reparar en nadie, y cayó de rodillas en el exacto lugar donde había visto a Waje por última vez.

Sabían contarme de chico que el galenso lloró y rezó mientras los prisioneros lo observaban en silencio, sin entender por qué se le había dado por enterrar ahí unas piedritas que traía envueltas en su pañuelo.

Así de tristes son a veces las cosas, señorita Eluned -me dijo con voz queda el lugareño. Después se retiró unos pasos.

Yo me sentí sola en el medio del desierto patagónico, temblando de frío y de impotencia. La historia parecía tan irreal como ese aullido del viento que envolvía todo.

Redacción: Ignacio Vallejo.

DEL EDITOR

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